Emperador José II de Habsburgo

Emperador José II de Habsburgo
Al volante de la Máquina del Tiempo

Adelante internautas

Yo soy el Emperador José II de Habsburgo, gato quien gobierna desde el éter a su madre humana, la historiadora nicaragüense Cecilia.Hoy que se cumplen 6 años de mi ingreso triunfal al paraìso gatuno,donde fui coronado como emperador, mi madre hizo este blog en honor a mi memoria. Aquí voy recopilando el trabajo de mi madre en tres categorías: temas de la historia, personajes célebres y su obra cuentística y filosófica. Cualquier pregunta que deseen aclarar, tenéis el email cecilmundo@gmail.com para hacerlo. Ahora, a servirse la mesa.Bon appetit! Emperador José II de Habsburgo

Emperador navegando en su máquina del tiempo

Emperador navegando en su máquina del tiempo
en brazos de mi partera

domingo, 20 de abril de 2008

La Historia en miau mayor


EL GATERIO AMADO DE RICHELIEU
Cecilia Ruiz de Rios
Yo soy la orgullosa esclava de 10 gatos. Pero no soy la ùnica.Me la ganò el sagaz Armand du Plessis, cardenal francès quien creò la Academia Francesa y fue el poder tras el pusilànime Luis XIII. Hoy veremos una de las páginas más curiosas de la historia para rendir tributo a una familia de ronroneantes bellezas con garras: los gatos del famoso estadista Armand Du Plessis, cardenal de Richelieu y genuino poder tras el trono francés como primer ministro de Luis XIII de Borbón. Adorados y mimados mientras Richelieu estuvo vivo, estos pobres micifuces se vieron obliterados merced a la asquerosa codicia humana.
Armand Jean Du Plessis, más conocido como el Cardenal Richelieu, fue uno de los cerebros más privilegiados que dio Francia. Nacido un 9 de septiembre de 1585, y tras ser un chico prodigio, ingresó a las filas de la iglesia católica. Para 1622 el Papa Gregorio le dio la escarlata de cardenal a este erudito hombre. Ya para entonces tenía 6 años de haber servido como secretario de asun­tos externos de Francia .Dos años después de convertirse en cardenal Richelieu pasó a ser primer ministro francés bajo la corona de Luis XIII. Este energético y sagaz hombre fue el creador de la Academia Francesa, además de reconstruir la Universidad de la Sorbona y servir como patrono de las artes. Y como un intelecto superior siempre reconoce la superioridad en otros, amó con pasión obsesiva a los gatos. Sin embargo, al morir en 1642, sus amados ronro­neosos iban a pasar a protagonizar una de las páginas más negras de la historia.
A pesar de que Richelieu odiaba a las brujas, de quienes se dice tienen nexo con el Uñudo a través de los miaus, este religioso era lo sufi­cientemente evolucionado como para apreciar las cualidades de independencia, gracia, nobleza, fidelidad y ternura que solo un gato puede brindar. Ya estando en su lecho de muerte, Richelieu dictó un testamento, especificando que sus catorce gatos y los dos sirvientes que les atendían quedaban protegidos de forma vitali­cia. Dinero en abundancia, una casa y provi­siones estaban destinadas para los mininos, además de la orden de no ser molestados. Muchos consideraban que el cardenal estaba más loco que una cabra que almorzó hongos alu­cinógenos, pero se guardaron bien su opinión. Apenas falleció Richelieu, los Guardias Suizos se miraron entre sí con expresión malévola. Acto seguido, los pobres animalitos fueron asesina­dos por estos desgraciados. El dinero, obvia­mente, fue consumido por ellos. Richelieu hasta la vez se debe estar dando vueltas de la ira en su tumba, y no es para menos. Sus gatos eran lo que más adoraba en la vida.
Richelieu fue un amante devoto de sus gatos. Soumise, el favorito del cardenal, no era nada sumiso. Cuando el religioso lo regañaba por orinarse en sus zapatos, le soltaba un fresco chorro de pestilente orina en la cara a su socio, quien acababa hediondo y desternillándose de la risa ante tanta insolencia. Mounard Le Fougueux era pleitisto y caprichoso, cambiando de gustos en la mesa de un día para otro. En una ocasión hizo que el mismo Richelien le guisara medallones de langosta al ajillo, solo para recibir el platillo con profundo desprecio. Ludovico el Cruel y Gazette eran los campeones a cazar ratones, y muchas veces presentaban sus trofeos de cacerías con las tripas de fuera ante un asombrado Richelieu. Mimi Paillon era una angora muy mimosa, pero Felimare parecía tigre
por su extraño pelaje anaranjado con franjas oscuras. Una gata polaca, Ludoviska, fue un regalo que un compatriota de Jadwiga y Chopin le hiciera al estadista. Tenía dificultades al inicio para entender el francés. Rubis sur L’ongle (Rubi sobre la Uña)era una gata muy limpia, presumi­da y voraz que nunca dejaba gota de leche en su plato. Serpolet era amante de la naturaleza y se asoleaba en las mañanas. La pareja formada por Piramo y Thisbe-llamados asi por los amantes en la mitología clásica-dormían juntos con las cebollitas enlazadas. Racan y Perruque(Peluca) nacieron en la casa de un académico llamado Racan, y la madre de ambos no tuvo mejor tino que parirlos en la voluminosa peluca colochona del intelec­tual. Cuando Racan se puso la peluca, los dos miaucitos le hicieron sangre el cuero cabelludo, protestando que usaran su dormitorio para cubrir
la piojosa cabeza de alguien. EL sagaz profesor no tuvo mejor idea que quedar bien con Richelieu regalándoselos. Peluca, quien posteriormente se hizo muy mechudo, fue apodado Peluca de Puta por una sirvienta de Richelieu, quien resentía que el gatito afilara sus uñas en ella. Lucifer, gato tan negro que en el sol se veía azul, fue llamado así porque en aquellos entonces se presumía que el color favorito de Satanás era el negro. Sin embargo, este micifuz solo tenía el nombre de infernal, pues era en extremo caritativo con los gatos del vecindario. A menudo llevaba a sus amigos de correrías a comer en la casa de Richelieu, y era amable incluso con los perros del vecindario con los cuales se negaba a pelear. Sin embargo reza su Leyenda negra que de un solo bocado, sin vaso de agua ni sal, se tragó a un canario que poseía uno de los lacayos del cardenal.
El amor profundo de Richelieu por los gatos le granjeó enemistades así como simpatías. Era uno de los pocos puntos en común que tenía con Maria de Médicis, la intrigante y gordinflona madre del rey Luis XIII, y posteriormente también sería por una de las pocas cosas por las cuales no pelearía con Ana Mauricia de Austria, la lujuriosa esposa de Luis XIII. Richelieu, al igual que gatómanos tan famosos como Shaka Zulu y sus tres “rojos coroneles limpopos” o Ieyasu Tokugawa con su taimada Taino, solía bailarle, declamarle y hasta cantarle a sus gatos. Si uno de sus miaus miraba con antojo lo que el cardenal tenía en su plato, el estadista prefería dárselo al animalito. Por eso, causa particular indignación y hasta ira el saber que los miembros de La Guardia Suiza(cuya reputación hace unos años quedó en solfa pero por los ron­roneos sexuales de varios guardiecitos con otros del mismo género)acabaron con unas criaturas de Dios que estaban destinadas a vivir su vida en paz.
Quisiera creer que estos 14 miaus de Richelieu están hoy en día gozando de lo suyo-sin guardias ni albaceas-en un paraíso gatuno en compañía de mi asesinado por malpraxis abisinio José II de Habsburgo y todos los gatos cuya influencia en mi vida ha sido tan benéfi­ca que hasta mi errático nivel de glucosa se estabiliza apenas uno de estos angelitos peludos se me acerca.