Emperador José II de Habsburgo

Emperador José II de Habsburgo
Al volante de la Máquina del Tiempo

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Yo soy el Emperador José II de Habsburgo, gato quien gobierna desde el éter a su madre humana, la historiadora nicaragüense Cecilia.Hoy que se cumplen 6 años de mi ingreso triunfal al paraìso gatuno,donde fui coronado como emperador, mi madre hizo este blog en honor a mi memoria. Aquí voy recopilando el trabajo de mi madre en tres categorías: temas de la historia, personajes célebres y su obra cuentística y filosófica. Cualquier pregunta que deseen aclarar, tenéis el email cecilmundo@gmail.com para hacerlo. Ahora, a servirse la mesa.Bon appetit! Emperador José II de Habsburgo

Emperador navegando en su máquina del tiempo

Emperador navegando en su máquina del tiempo
en brazos de mi partera

domingo, 20 de abril de 2008

casos contaditos,señoras!

DE CONCUBINAS A ESPOSAS
Cecilia Ruiz de Ríos
Hace unos días, un alumno de historia reclamaba que solo he mencionado en artículos a los favoritos de la his­toria, pero que las famosas sucursales de reyes-aunque luego se convirtieron en esposas legítimas- han quedado en la gave­ta.

Teodora, hija de un domador de osos de circo, bailarina y meretriz por ocupación propia, tuvo una tormentosa vida sexual antes de llegar a ser emperatriz de Bizancio. Justiniano, sobrino del emperador de turno, primero la consiguió como amante antes de enamorarse de ella tan violenta­mente que desafió las leyes del imperio(que prohibían la unión de un “azul” con alguien de tan sórdido pasado) y la hizo su esposa. Una vez como consorte de Justiniano, Teodora resultó ser tan valiosa que hasta le salvó la vida y el trono a su marido cuando hubo la revuelta de los Nika.

Bianca Lancia, última mujer del formidable emperador Federico II de Sicilia, comenzó sus días en su lecho como concubina, pero el erudito monarca se enamoró tanto de ella que se casó con todas las de ley antes de morir en 1250. Sin embargo, Federico cela­ba tanto a su rubia belleza que en una oca­sión la acusó de adulterio. Indignada, Bianca para convencerle de su fidelidad le cortó un pezón del sonrosado buche. Otra favorita real que acabaría siendo esposa de su amado fue la bellísima y dulce judía lnés Pirez de Castro, quien entró al castillo de Pedro I El Severo de Portugal como donce­lla de cámara de Constancia (la segunda esposa de Pedro) pero cuando Constancia se murió de parto, lnés se hizo amante de Pedro. Se casaron en secreto, pero esto no garantizó la felicidad de la pareja, pues el suegro de lnés la hizo asesinar delante de sus niños. El amor de Pedro por lnés no fue extinguido ni por la muerte, y cuando llegó a ser rey, hizo desenterrar los restos de Inés para que fuera coronada.

Felipe II Augusto de Francia fue un rey que no se resignó a vivir infeliz con su segunda esposa, la marimacha Ingeburga de Dinamarca. Negándose a copular con su segunda consorte, Felipe II Augusto optó por echarse de amante a la dulce princesa germana Agnés de Méran. Enamorado como un colegial, este rey galo desobede­ció al papa y apartando a su segunda espo­sa, cometió bigamia con Agnés para legiti­mar a los hijos habidos de su unión. El papa nuevamente intervino y el soberano francés tuvo que aceptar el retorno de su odiada Ingeburga, y Agnes murió abandonada en un convento.
La transición de concubina a esposa no fue tan fácil para Ia medio irlandesa Ana Bolena, quien fue apartada de su prometido Percy de Northumberland cuando Enrique VIII de Inglaterra se prendó de ella.



Al glo­tón monarca se le ocurrió afirmar que su pri­mera esposa (viuda de su hermano mayor Arturo) y él vivían en pecado y por eso Dios no le daba descendiente varón. Esto era un vil pre­texto para apartar a Catalina de Aragón, quien aunque vieja y cholenca seguía amando a su esposo de todo corazón. Cuando el papa de turno no le quiso dar el divorcio a Enrique VIII, éste optó por divor­ciarse de Roma y crear su propia iglesia anglicana, y apenas hizo oficial su rompi­miento con Roma, se casó con Ana Bolena, quien ya estaba embarazada cargando a un espectacular bebé quien luego sería Elizabeth I Tudor. Ana Bolena saborearía la amargura por la cual ella hizo pasar a Catalina de Aragón cuando su regio esposo se hartó de ella y tomó por concubina a Juana Seymour, una gordita cara de tonta pero sin un pelo de mensa. Apenas Ana Bolena fue ejecutada bajo acusaciones fal­sas de adulterio e incesto, Enrique VIII nue­vamente hizo la transición de concubina a esposa para Juana, quien al fin y al cabo sí le dio un endeble hijo varón...
Otra concubina que pasó a ser esposa fue Francisca Scarron, una regordeta viuda de poeta quo Iogró conquistar al zanganísimo rey Luis XIV. Conocida como Madame Maintenon, Francisca logró eclipsar a favo­ritas como Luisa de La VaIIiére, Ia Fontanges y hasta la pavorosa Athenais de Montespán para lograr que Luis se casara con ella, aunque pasara a ser esposa mor­ganática. Entre las anteriores concubinas de Luis XIV estuvo su propia cuñada y prima Enriqueta María, quien fue la primera esposa del hermano marica del Rey Sol. Luis XIV había amado con pasión a su rolli­za Athenais de Monstespán, a quien le puso varios bastardos después de que ella apar­tó a su marido para seguir al rey. El clavo con la Montespán fue que al ir envejeciendo temió perder al rey e hizo misas negras sobre su cuerpo desnudo y hasta preparó filtros y venenos para eliminar rivales. Cuando el estiércol de este escándalo pegó en el abanico del soberano francés, el rey prefirió apartarla de sí antes que le hiciera más “encabes.” Esto fue aprovechado por Madame Maintenon, quien había entrado “por la puerta de atrás” como niñera de los bastardos que el rey tuvo con la Montespán.

El colmo de la transición de concubina a esposa fue el que hizo Wallis Simpson, una divorciada flaca, nariguda, fea y gringa que hundió sus garras firmemente en la portañuela y el bolsillo del monarca inglés Eduardo VIII. Eduardo era conocido como un playboy consumado, pero quién sabe qué maniobras hizo la gringa para comerse la volun­tad de su amado que éste no se conformó con tenerla solamente de amante, y hasta renunció a su trono para poder casarse con ella y vivir como marido y mujer.

Martha Skavronskaya fue una regordeta pero alegre meretriz livonia que logró fasci­nar no solo a las tropas de Pedro I de Rusia, sino que también al príncipe Menshikov, mano derecha del zar. Menshikov cometió el craso error de presentarla a Pedro, quien se quedó con el mandado de Martha. Tras hacerla parirle varios hijos, Pedro la convirtió a la fe ortodoxa, la bautizó como Catalina y se casó con ella. AI morir el zar, Catalina I suce­dió a su esposo en el trono.
Otra concubina que acabó siendo esposa de un rey fue la pelirroja y vulgarceta Magda Lupescu. EI odioso rey rumano Carol II era un playboy de pacotilla quien ya se había casado dos veces, una por aventura y otra par obligación, cuando se topó a Magda Lupescu. La Lupescu rápidamente se lo llevó al lecho y procedió a encantarlo a tal punto, que cualquiera que quisiera un favor del rey Carol II, primero debería hacer amistad y ser recomendado por Magda. Cuando Carol II abdicó al trono rumano, Magda se fue con él a un dorado exilio y con el correr del tiempo, Carol por fin la honró y le fue fiel. Hoy sus restos reposan juntos en una cripta en Portugal.

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