Emperador José II de Habsburgo

Emperador José II de Habsburgo
Al volante de la Máquina del Tiempo

Adelante internautas

Yo soy el Emperador José II de Habsburgo, gato quien gobierna desde el éter a su madre humana, la historiadora nicaragüense Cecilia.Hoy que se cumplen 6 años de mi ingreso triunfal al paraìso gatuno,donde fui coronado como emperador, mi madre hizo este blog en honor a mi memoria. Aquí voy recopilando el trabajo de mi madre en tres categorías: temas de la historia, personajes célebres y su obra cuentística y filosófica. Cualquier pregunta que deseen aclarar, tenéis el email cecilmundo@gmail.com para hacerlo. Ahora, a servirse la mesa.Bon appetit! Emperador José II de Habsburgo

Emperador navegando en su máquina del tiempo

Emperador navegando en su máquina del tiempo
en brazos de mi partera

jueves, 1 de mayo de 2008

Yo gato vos madre



OJO DE GATA
Para Nagasaki, samurai de Ia guarda y socio fiel
Cecilia Ruiz de Rios

Mama, que tanta falta me hace por estas fechas, decía que la tristeza tiene el uso que una le quiere dar. Miro a Juana, y me doy cuento que ml madre no se equivocaba. Es horrible verla padecer a través de mis pupilas tornasoladas, aparentemente frías. Qulero hacer mucho más que arquear mi peludo lomo contra sus hermosas pan­torrillas paro patentizar ml solidaridad con ella. Juana ha venido de mal en peor desde aquella noche en que entró con el pelo desarreglado, aguantándose la ira. Ni el marido ni las hijas se dieron cuenta de la tormenta que hacia su agosto en la mente de Juana esa noche. Cuando ella sirvió la cena, no atinaron que el sabor extraño pero sabroso de la vinagreta de la ensalada se debía a las lágrimas que virtió Juana. Cómo pueden ser los seres humanos tan ciegos? Lágrimas de mujer, las mismas que virtió Margot de Valois por su Bussy D’Amboise cuando le llevaron su cabeza, lluvia sin consuelo alguno.

La primera vez que Luis Felipe quiso manifestarle a Juana algo más que una relación de jefe a subalterna fue cuando le puso un sugestivo dedo debajo de la parte suave que hay debajo del mentón para darle un beso húmedo en la mejilla. Un festín de signos de inte­rrogación se apoderó de ella, y lo sé porque esa tarde ella me había chineado antes de irse, y mis pelos se habían quedado adheridos a su camisa de azulón. Luis Felipe, al mismo a quien Juana, cuando iba a nacer Elsania le puso la mono sobre su abultado vientre para que sintiera coma se movía el bebé...Luis Felipe rubio como un dios sal, pero con más del media quintal encima en años. Cundo Juana regresó furiosa, esa tarde Luis Felipe había aprovechado que ella estaba arriba de una escalera tratando de bajar una araña para traérsela a Elsania-quien tiene la aborrecible costumbre de colec­cionar insectos-y una mano temblorosa, ansiosa le había subido hasta la entrepierna. Desde que ibas a tener a la Elsania me has hecho la vida trizas y la gana dinosaurio ­le dijo Luis Felipe a Juana mientras el metabolismo de la mujer hacia carreras olímpicas contra sí mismo, el azúcar casi a mil de altura, la presión se agitaba, el corazón amenazaba con hacerse un puño de dolor y la adrena­lina se creía lengua de fuego en incendio forestal.

Así acababan meses de zozobra, de jugarse al gato y al ratón tras el escritorio, de levantar la vista y sorprender que se estaban mirando sin darse cuenta, al tacto de la mano masculina sobre las lycras con las cuales, sudorosa y agitada Juana regresaba del gimnasio, de seguir por el olfato, de las cosas dichas entre dientes, de los conejos asustados del antojo.

ME VOY. Esto fue lo único que Juana puso en su hoja de renuncia. Si sigo ahí voy a perder la chaveta, me dijo una noche mientras me servía una buena porción de sar­dinas picantes Indio Moctezuma, de aquellas que vienen en largas y chatas latas ovaladas. No hubo preguntas en casa. Daniel, el marido de mi socia, nunca pregunta nada. Vive en un mundo de ecuaciones y cibernética y en general no es mala gente pero prefiero guardar distan­cias con
él.
Fue cuando comenzó el calvario de Juana. La típica reac­ción de contigo me matas, sin ti me muero. Juana se esta­ba muriendo a vista y paciencia de todos. En la noche, cuando yo subía a su cama a dormir encima de su amplio tórax, sentía que sus bronquios se atascaban que los pulmones sus­piraban descontentos, que el corazón estaba pesado. Una noche sudó copiosamente, y cuando rayó el alba, el líqui­do vertido por Juana por sus poros agotados de sudo­ración era rojo. Como sangre. Los nervios se le hacían diminutas culebras bajo la piel de porcelana, el dolor le atenazaba las articulaciones como una artritis venida de la nada. El sobre de pago que le dieron a Juana para in­demnizarla por todos los años de labor para la empresa de Luis Felipe apareció estrujado en una cubeta manchado de rimmel.

Un día la vi subir con una sonrisa al carrito Fino que se había sacado en un sorteo de lotería. Tuve miedo. Sabia que se encaminaba a ponerle punto final a su destino de mujer atribulada. Juana subió por el by pass y llegó sin dudas al edificio donde tenía su despacho Luis Felipe. No se molestó en anunciarse con la recepcionista de cabellos pintados. Se limitó a decirle:-Vengo por vos. Luis Felipe se sobó las uñas en las camisa después de todo, del sobre­salto, de haber calzado pieza con pieza por fin, de haber osado a ser atrevidos, de bajar la barrera y reconocerse al otro lado del susto.

Juana esa vez descubrió de qué sustancia se hacía el triunfo. Se sintió Aníbal bebiéndose el veneno para qua no lo pescara vivo Escipión Africano. Comprendió que Wilde tenía razón que la única forma de vencer una tentación era cediendo ante ella. La próxima vez que escuchó Bilitis de Francis Lai o el movimiento lento del concierto para arpa y flauta de Mozart supo que había hecho solamente lo que le dictaban los sentidos. Siempre venía la tristeza después, las dudas, la mentira, la ira, Ia sensación de verse relegada a como be pasara a la Fontanges o la Agnes Sorel o Nell Gwynn. Pensaba para consolarse...y que diría Ia emperifollada Sabina Saboya, tan estiradita en sus actitudes como por Ia mano magistral del cirujano Fidel Morales? Tu hombre, ilustre nieto de un marinero sefardita, tu hombre Sabina, que cabalgó en el viento de mis contornos?

Una tarde. Luis Felipe, quizás reconociendo que la mancha azul nunca se va, y consciente de su propia mortalidad, le dijo a Juana qua quería huellas, cuentas, un nuevo juego de huellas digitales. Esa tarde. al llegar a casa me buscó, me tomó entre sus manos y me miró a las ojos. No me pidás eso, le quise decir, enfocando sus ojos grises con los míos tornasolados. Querés luchar.

Juana poco tardó en adjudicarse la tristeza por todo. Esa noche había una luna inmensa como las bolas de queso gouda que compra el marido de Juana para comer con uvas-que hombre más chancho- y ella sintió un ápice de piedad antes de decidir qué hacer con Luis Felipe. Yo estaba durmiendo ya antes de salir en ronda por los tejados cuando sentí unos ojos asomando detrás de la cortina opalescente .Cerré mis ojos y pude ver un torrente sanguíneo agitado, una figura ,una chispa navegando por venas y arterias, la gran explosión, como cuando los tanques estallaron en 1983 en aquel atentado en Corinto, y un corazón moraduzco contrayéndose en placer y dolor , las cuerdas vocales tensas, un elíxir de placer y luego solo una sombra. Como que alguien apagó las luces y a lo lejos la voz de una mujer.” Felipe...Felipe..”.Lejos, como envuelta en niebla, vi huir una figura, todavía con un asomo de sangre en su rostro.

Al día siguiente oí a Daniel, el marido de Juana, comentando con las hijas...Ese señor que hallaron muerto en el motel fue jefe de tu mamá. Murió en su falta de ley...Según las crónicas de los diarios, nunca pudieron dilucidar quién era la mujer que estuvo con él, y según parece la regia viuda, que se enfurecía con los comentarios chabacanes de su servidumbre, fue accidente. Pero los criados decían que el viejo murió enchufado como licuadora, a la que le pasaron un corrientazo de 220.
Miré a Juana a los ojos. Me devolvió la mirada, se encogió de hombros y fue a abrir una lata de salmón escocés para ponerme a cenar.Ni ella y ni yo hemos tenido paz, y luego los ignorantes dicen que solo el perro es el mejor amigo del ser humano..