Emperador José II de Habsburgo

Emperador José II de Habsburgo
Al volante de la Máquina del Tiempo

Adelante internautas

Yo soy el Emperador José II de Habsburgo, gato quien gobierna desde el éter a su madre humana, la historiadora nicaragüense Cecilia.Hoy que se cumplen 6 años de mi ingreso triunfal al paraìso gatuno,donde fui coronado como emperador, mi madre hizo este blog en honor a mi memoria. Aquí voy recopilando el trabajo de mi madre en tres categorías: temas de la historia, personajes célebres y su obra cuentística y filosófica. Cualquier pregunta que deseen aclarar, tenéis el email cecilmundo@gmail.com para hacerlo. Ahora, a servirse la mesa.Bon appetit! Emperador José II de Habsburgo

Emperador navegando en su máquina del tiempo

Emperador navegando en su máquina del tiempo
en brazos de mi partera

domingo, 4 de mayo de 2008

cuando nos mata la sesera


LAS MIGRAÑAS MÁS CÉLEBRES DE LA HISTORIA
Cecilia Ruiz de Ríos

Dado que en Nicaragua cada vez es más frecuente la posibili­dad de padecer de jaquecas de­bido a la inestabilidad bancaria, los eventos competitivos fraudulentos, las cuentas impa­gables y la delincuencia, hoy a petición de mi asidua lectora Arjumand Morazán vamos a hablar de Los personajes hist6- ricos que padecieron de las más terribles migrañas. Muchos reyes y emperadores se las vieron “de a pelito” con sus migrañas. Julio César, el cruel general y dictador romano quo sometió a las Ga­lias y fue amante no solo del rey Nicómedes de Bitinia sino también de la hermosa Cleopatra Filopator VII, encontraba el castigo a sus des- manes en su propia cavidad craneal merced a unos dolores quo le hacían morderse la lengua para no gritar. “Un látigo se estremece en mi pensamiento, y azota cuando menos lo espe­ro,” escribió Julio César, a quien el dolor de la migraña habría de acabársele solamente cuan­do su pobre cuerpo sustituyó dicho malestar por varios cuando le clavaron tantas puñaladas que lo dejaron casi como alfiletero humano en las gradas del senado.

La amargada, fea y floja reina inglesa María Tudor, primogénita del regordeto Enrique VIII, sería otro personaje que se revolcaría del dolor cuando las tenazas de la migraña le apretaban la sien. María, a quien Ia historia bautizó co­mo La Sangrienta por sus masa­cres contra los protestantes, desde chiquita fue muy enfermiza, endeble y pálida, y acabaría muriendo de un galopante cáncer ovárico quo le impidió ser madre a pesar de que su esposo Felipe II cumplió con sus deberes (aunque al trom­pón y a la patada, porque sentía gran repulsión por ella). Pedro I El Grande, Zar de Rusia, fue otra cabeza que se vio apretada y no solamente por el peso de una corona. Pedro tenía tras de sí una infancia traumática a la cual sobrevivió de punto milagro. Muchos expertos aducen que es posible que tuviera epilepsia y hasta una lesión cerebral, pero el genial mandamás que modernizó Rusia y creó su primera flota se vería aquejado toda su vida por la migraña, y en dos ocasiones con­vulsionó en el campo de batalla para susto de sus soldados. Otro monarca que padecía de jaquecas fue Carlos II de España, último soberano de la odiada dinastía de los Habsburgos.



Carlitos ha­bía nacido tan deforme y defectuoso que fue un milagro que no se muriera chiquito. La deformi­dad ósea de la cabeza de Carlos sin lugar a du­das daba pie a toda suerte de trastornos, des­de cefaleas pavorosas hasta el hecho que su mandíbula estaba tan desigual que no podía masticar muchos alimentos sólidos porque las dos hileras de dientes no calzaban entre sí.
La migraña aquejó a numerosos genios. Las escritoras inglesas Virginia Woolf y George Eliot, y l poetisa romántica británica Elizabeth Barrett Browning se remitían al lecho cuando el dolor arreciaba, mientras que el norteamerica­no cuentista y bardo Edgar Allan Poe solía afir­mar que solo hallaba alivio al dolor de su migraña consumiendo cantidades navegables de whisky y moonshine (una especie de cususa destilada artesanalmente en el sur de los Esta­dos Unidos.) El gran George Bernard Shaw solía aislarse por días cuando la migraña lo ataca­ba, mientras que Lewis Carroll-el autor de Alicia en el País de las Maravillas-se untaba en las sienes unas pócimas y menjunjes malolientes. Otro inglesito que sufrió lo inmencionable por las migrañas fue el poeta y filósofo Alexander Pope, el mismo que entre dolores afirmaba que “la justicia es una telaraña en ha cual se pegan las moscas pero a través de la cual pasan los pájaros.” Científicos como el gran sueco Carol Linneo, líderes religiosos como Juan Calvino, filósofos como Emmanuel Kant y Fe­derico Nietszche también sufrieron abundantes dolores a manos de es­to mal que al parecer escogió muy selectivamente a sus víctimas. Tam­poco habrían de capearse de la cefalea inventores como Alfredo Nobel, a quien le debemos ha dinamita y los Premios Nobel, o Alexander Graham Bell, quien nos legó el teléfono y grandes tomos de rehabilitación para sordomudos. El matemático y pensador francés Blaise Pascal pa­só más de la mitad de su vida sumi­do en el dolor.

En el campo del pentagrama clásico, la migraña habría de atacar al ruso considerado como el mayor gonlo musical que ha dado su país, Pedro Ilitch Tchaikovsky, autor de El Lago de los Cisnes, El Cascanueces y la Sinfonía Paté­tica ( la cual según las malas lenguas con la mía a la cabeza del rally fue compuesta en su ma­yor parte mientras Pedrito andaba un trapo ca­liente envuelto alrededor de la testa tratando de apaciguar el dolor. El romántico y estirado com­positor y pianista polaco Federico Chopin pade­ció de migraña desde chiquito, siendo un para­digma de debilidad, palidez y posteriormente hi­pocondría. El hombre que nos legó ha primera literatura musical típicamente pianística solía reclinarse en un diván con su perro y sus gatos de almohada mientras suspiraba de dolor con un pañuelo do encaje empapado en vino como cintillo. Aquellos que se agarran la cabeza a dos manos afirmando que se les va a partir están en muy buena compañía. El gran estadista gringo Thomas Jefferson, quien fue el que redactó la declaración de la independencia estadounidense, solía dar pujos de dolor cuando ­la cefalea se apoderaba de él.

El hombre quien fue el tercer presidente de los Estados Unidos se quejaba a tal punto “que no aguantaba ni an­dar su empolvada peluca puesta, y muchas veces encontró un poco de alivio en las pócimas y arrumacos que le preparaba su fiel esclava negra Sally Hemmings, con quien acabó teniendo varios chavalos bastardos ya que nunca medió boda entre Jefferson y la hermosa Sally. Otro presidente gringo que padeció de migrañas-empeoradas por sus gomas ya que era apasionado por la botella-fue Ulysses Grant. Como el pobre ex general convertido en mandamás no paraba de beber, en una ocasión un charlatán ofreció trepanarle la sesera para menguarle los dolores. No faltan quienes digan que el presidente Woodrow Wilson estaba en medio de una migraña olímpica en París cuando un flaquito quiso llegar a exponerle sobre los abusos de los franceses en Indochina.

Si la excusa de que Wilson estaba con cefalea fuera cierta, sería ha migraña más cara de toda la historia. Wil­son, quien creía que la autodeterminación de los pueblos era okay siempre que fueran rubios y con reales, ignoró descortésmente al caudillo que luego sería Ho Chi Mihn, y así le destinó para el futuro al presidente gringo Lyndon B. Johnson una tamaña jaqueca empacada y con­servada en su jugo de bilis desde 1918...porque el independentista Tío Ho sería el valiente que le espetaría un sonoro NO a Johnson cuan­do éste quiso “amansar “a los vietnamitas en la década de los 60. Todo porque Wilson en 1918 “estaba indispuesto.”
.


i.