Emperador José II de Habsburgo

Emperador José II de Habsburgo
Al volante de la Máquina del Tiempo

Adelante internautas

Yo soy el Emperador José II de Habsburgo, gato quien gobierna desde el éter a su madre humana, la historiadora nicaragüense Cecilia.Hoy que se cumplen 6 años de mi ingreso triunfal al paraìso gatuno,donde fui coronado como emperador, mi madre hizo este blog en honor a mi memoria. Aquí voy recopilando el trabajo de mi madre en tres categorías: temas de la historia, personajes célebres y su obra cuentística y filosófica. Cualquier pregunta que deseen aclarar, tenéis el email cecilmundo@gmail.com para hacerlo. Ahora, a servirse la mesa.Bon appetit! Emperador José II de Habsburgo

Emperador navegando en su máquina del tiempo

Emperador navegando en su máquina del tiempo
en brazos de mi partera

domingo, 11 de mayo de 2008

Clase de chispas!


LOS ENCUENTROS Y ENCONTRONAZOS MAS CELEBRES DE LA HISTORIA
Cecilia Ruiz de Ríos
Cuando le di la mano en una tienda a mi gran ídolo del boxeo el exquisito negro Cassius Clay (Muhammad Ali tras su conversión al Islam), el estómago se me puso helado y no quería lavarme la mano nunca más, siendo éste el encuentro que más atesoro en mi memoria de mis tiempos de estudiante. Poco después, al conocer al mundialmente famoso citarista hindú Raví Shankar, él nos comentó a varios estudiantes que se había sentido con el corazón como corcel a mil al darle la mano a nada menos que al gran guitarrista español Andrés Segovia. Los encuentros entre famosos tienen una magia especial, pero es un consuelo saber que no solo los silvestres y plebeyos anónimos como yo sentimos que la adrenalina se nos alborota en la presencia de alguien como Joaquín Rodrigo o Gabriel García Márquez.
En la historia, algunos encuentros se han convertido en encontronazos. El que sostuvo Ma. Antonieta, reina de Francia por su casorio con el soso Luis XVI, con la plebe fue fatal pues el odio saltó a primera vista cuando la reina expresó despectivamente "si el pueblo de París no tiene pan para comer, pues que se harten tortas!" El destino habría de destinarle a la arrogante y estúpida Ma. Antonieta un buen encontronazo con la guillotina, en el cual la odiosa chele fue la que más perdió(¡la cabeza!)merced a un filoso tortazo. Curiosamente Ma. Antonieta, en su remilgada infancia como archiduquesa allá en Austria, sostuvo un encuentro tierno con el músico Wolfgang Amadeus Mozart siendo ambos chiquitos. Resulta que le emperatriz Ma. Teresa de Habsburgo, mamá de Ma. Antonieta, había invitado al chico prodigio que era Mozart entonces a tocar al palacio. Al bajarse del piano, Mozart se cayó y se chimó la rodilla, estallando en poco musical llanto.
Ma. Antonieta corrió a levantarlo y a besarlo, calmando el dolor a besos. Mozart, agradecido, le prometió que siendo mayor se casaría con ella para tener una esposa dulce...Si este encuentro hubiera tenido mejor futuro, no creen que Ma. Antonieta se hubiera capeado de ceder su hueca cabecita como reina de Francia a la guillotina siendo feliz con el alegre Mozart?
Mozart estaba destinado a protagonizar un encuentro frío con su sucesor musical, Beethoven. Mozart ya estaba bastante enfermo y cargado de deudas cuando le presentaron al joven Beethoven, y tras oírlo sin mucha atención por un rato, Mozart "salió de ese maiz picado" rascándole la piojosa cabeza a Beethoven comentándole distraído "algún día vas a hacer bastante ruido en el mundo". La profecía de Mozart se cumplió a cabalidad.
Dos famosos generales estaban destinados a ser rivales desde el primer día que se vieron: el gringo George Patton, eximio tanquista y personalidad controversial por sus "lunas", y el inglés Bernard Law Montgomery, de quien se reía Patton porque el narigudo inglesito siempre andaba una Biblia debajo del sobaco. La rivalidad entre estos dos genios militares habría de estallar en la Segunda Guerra Mundial cuando Montgomery cayó primero en la invasión de Sicilia mientras Patton aún se sobaba las nalgas de la regañada que le pegó su jefe Eisenhower-después que tuvo un encontronazo violento con un soldado que se había automutilado para evitar ir al frente de guerra( Patton lo había cacheteado y el escándalo había sido a nivel mundial.)
Entre músicos, cualquier cosa puede pasar. Franz Liszt no sólo era célebre como pianista y compositor, sino también como faldero y mecenas de artistas cuando Pedro Ilitch Tchaikovsky, el homosexual que muchos consideran ha sido el mejor compositor ruso de todos los tiempos, se expresó muy mal de él."Es un viejo hipócrita, azucarado y arrastrado que me da alergia", dijo irritado Tchaikovsky de Liszt. Claudio Debussy ya era todo un compositor célebre como padre del impresionismo musical cuando se le acercó un joven ruso trompudo que acababa de estrenar su obra El Pájaro de Fuego, Igor Stravinsky.
Stravinsky le pidió opinión sobre su ballet y Debussy, tras rascarse la barba, le dijo sin mucho entusiasmo,"Ay, mi muchachito, qué quiere que le diga...pues por algo se empieza..." guardándose las ganas de mandar al rusito a estudiar astronomía o a sembrar papas.
Sin embargo, no todos los encuentros entre músicos fueron tan desagradables. Juan Brahms, máximo sinfonista alemán tras la muerte de Beethoven, se moría por conocer a otro Juan: Juan Strauss hijo, rey del Vals. El gordo y barbudo judío Brahms se fue a Viena a buscarlo, y cuando se sentaron a hablar Brahms y Strauss charlaron como viejas loras en guanacaste. Brahms lo abrazaba y lo alababa-cosa rara en Brahms que siempre le hallaba pelo a la mejor sopa-y al partir, Brahms le puso como autógrafo las primeras notas del célebre Danubio Azul de Strauss, firmando, desafortunadamente no de la pluma de su eterno admirador, Juan Brahms. Cuando Brahms murió, el rey del vals-quien habría de seguirlo al más allá poco después- se atacó en llanto en público.
El encuentro en París entre dos famosos escritores norteamericanos, Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway, parece un mal chiste. Resulta que Scott-autor del Gran Gatsby-andaba el ego muy abollado pues su mujer Zelda (en medio de su affaire con el aviador francés Jozan) le había gritado que sus menudencias eran más chingas que las de un ratón anémico. Scott acabó haciendo confidencias a Hemingway en medio de una mesa de tragos. El machazo de Hemingway, condolido por su nuevo amigo, se lo llevó al baño de varones para comparar sus partes nobles con las de Fitzgerald en un afán de quitarle el complejo de liliputiense sexual que andaba cargando el pobre Fitzgerald.
Uno de los encontronazos más aparatosos fue el del feo y brillante literato inglés George Bernard Shaw con la casquivana, poco sesuda y bella danzarina gringa Isadora Duncan, considerada madre de la danza moderna. La Duncan se le acercó contoneándose como gacela en celo a Shaw, proponiéndole cama desde el primer momento al decirle que un hijo de ambos sería perfecto si salía con el genio de Shaw y la belleza de ella. Shaw, a quien no le gustaba que le recordaran lo feo que era, le repostó,"Agradable propuesta, señora, pero va y cae la desgracia que el bebé sale con su cerebro y con mi cara, no sería una tragedia?"
Pedro I, llamado el Grande, fue un zar muy curioso. Quiso occidentalizar y civilizar a su amada Rusia a como diera lugar, y emprendió varios viajes a Inglaterra, Francia y Holanda para traer lo mejor de regreso a casa. En Inglaterra quiso saber cómo funcionaba la Casa de la Moneda, y tuvo la suerte que en ese entonces el que estaba a cargo de esta entidad era Sir Isaac Newton, con quien trabó una entrañable amistad que le llevó a numerosas cartas. Una vez en Francia, el gigantesco y espontáneo Pedro fue atendido por el hermosísimo duque de Orléans Felipe de Borbón, un multifacético hombre que amaba la ópera, las artes, las ciencias y cocinar.
Desde el primer momento, Felipe y Pedro simpatizaron y Pedro le propinó un cariñoso manotazo en la espalda al duque que casi lo deja sin pulmones. Cuando Pedro quiso ir a "aliviar el vientre", casi se desternilla de risa al ver que su edecán Felipe lo llevó a un taburete alto con bacinilla llamado chaise percé. Pedro estaba acostumbrado a defecar tras cualquier arbusto y usar las hojas para limpiarse sin importarle quien estuviera mirando, y Felipe habría de anotar en sus memorias que el zar poseía el trasero más sonrosado que jamás hubiera visto en su vida, añadiendo que al sentarse en la silla el zar casi la quiebra por su peso. Pedro y Felipe, al amparo de la buena primera impresión, se cartearon por el resto de sus vidas.